¡NO DIGAS MÁS BUENOS DÍAS! ¡DI BUEN VINO TENGAS!: ABU NÛWÁS

Al-Hasan Ibn Hani, conocido por su sobrenombre Abu Nuwás (el de los tirabuzones), nació en Ahvaz, capital de la región del Juzestán en el Irán actual, entre los años 747 y 762.
Sobre él dijo el imán Al-Shafií que si no hubiera sido un libertino, lo habría estudiado. Y es ese libertinaje explícito y descarado la característica más atractiva de este poeta. Era un desobediente político y religioso admirador de los persas que sometió al escarnio a los árabes y a su cultura tradicional llena de prohibiciones.
 Sobre su vida se sabe realmente poco, pero el placer buscado y encontrado en estos versos hablan sin duda de una humanidad al ras del suelo que invita a la embriaguez perpetua de vino y sexo.
 Soy fiel lectora de Kayyam, pero confieso que de Nuwás me seduce justo lo contrario de lo que me atrae del persa. Para Nuwás el vino no es una metáfora metafísica, sus poemas invitan sin pudor a la borrachera porque sí, o, por qué no, si estar ebrio es un placer.
 El  vino y su copero son sus objetos de deseo, entregarse a la bebida solazándose en la carne del que le da de beber es su canto y así lo repite una y otra vez.

II

Hombres, ¡a mí que me importan

las espadas o los combates!

Yo sólo sigo a una estrella:

la del placer y la música.

En mí no confiéis,

pues soy de aquellos que rehuyen

encontronazos y embates.

Cuando veo al enemigo

salto sobre mi potrillo

con las riendas colocadas

por el lado de la cola.

No sé cómo es un arnés,

ni un broquel, ni un alfanje.

Todo mi afán es saber,

cuando sus guerras estallan,

por qué camino escapar.

Si de juergas se tratara,

de beber vino sin mácula

o de pasarme la noche junto a vírgenes luciendo

sus vestidos de luto negro

me veríais con razón como héroes de los árabes.

VIII

El vino es manzana líquida,

la manzana vino sólido.

¡Bebe lo sólido licuado

y el gozo de hoy

no lo dejes para mañana!

XV

¡Abandona los restos del campamento!

Lúgubres y míseros vestigios,

nada hallarás de atractivo en ellos.

Bebe vino aunque esté prohibido

puesto que tu vida terrenal

es morada perecedera.

Bebe un vino robusto y exclama ¡nos han cazado el sol para beberlo en el tazón!

XVII

El vino arde generoso en la copa

como un astro luminoso en el cielo

o una luna llena en la noche.

Si pudiera mezclarlo con la oscuridad

disiparía sombras y tinieblas.

Grandes placeres depara a aquellos

que lo beben sin temor ni recelos.

Sus burbujas como perlas dispersas

el agua enhebra en la mezcla.

Siempre hablo a la copa antes de beber:

a ella, confidente, cuento mis secretos.

XX

¡Aleja tus más recónditas cavilaciones

y déjate llevar por el canto y la música!

¡Goza el momento con la hija de la viña!

Acepta la vida con alegría y regocijo

y no sigas los pasos de los que se reprimen.

Sirve el vino embellecido desde antiguo

entre las duelas de la cuba: bebida anciana,

consumió la eternidad en su lozanía

arrebatándole el aliento era tras era.

Derramada en el cristal es una lumbre que prende

sin llamear; es centella si no se mezcla

y es oro cuando el agua se vierte en ella

salpicando y moviendo en sus entrañas a pelea

las burbujas que rivalizan en la contienda

hasta que alcanzar la superficie y se serenan.

¡Qué belleza en las yemas del copero afeminado

cuya mirada te mantiene en la incerteza!

¡No digas más buenos días! ¡Di buen vino tengas!

Menciona su nombre y aleja con él las guerras.

Mejor que lanzarse a la batalla cabalgando

entre relinchos, será atender el lamento

del copero que abandona el vino en las copas

y del bebedor que suspira por el mal de amor.

Mejor será montar la grupa de una gacela

a la que haces trotar o galopar según querer.

En su rostro reina la belleza como Yazid*

en lo más alto del honor y la gentileza.

XXXII

Sé esquivo y avariento y a los aduares no hables:

sus ruinas, el saludo no te van a devolver.

Maldice al cuervo de mal agüero de la separación.

Siéntate junto al narciso, deja atrás las espinas,

túmbate al lado del mirto, olvídate de las zarzas,

y por la mañana empieza a beber el vino.

¡Que ninguna prohibición te lo impida!

Quien combate los placeres que el vino acompaña

vive una extenuante vida de aflicción.

XLVI

La resaca cabalga

con el tembloroso amigo

que ni siquiera podía asir con las dos manos la copa.

Al llegar la medianoche,

-yo hacía girar el vino-,

me reclamó otra ronda:

-¿Me servirás otra copa

que por fin me dé reposo?

-Te daré la que me pides

y la haré seguir de otras

que correrán ante ti

como rápidos corceles.

Así solemos proceder

las noches en que yo escancio

y él me pide más y más

hasta caer desplomado

sin saber si ha de yacer

sobre un cojín mullido

o sobre el suelo más duro.

XLIX

Alardeaba de saber beber hasta dar con una cuadrilla

de jóvenes avezados a las tinajas de vino robusto.

El chico quería que todas las manos fueran copa

y que todos los comensales le sirvieran cual coperos,

hasta que un solo sorbo lo tumbó en el suelo.

L

El vino que al fluir por las venas penetra las mentes

puede blandir la espada de las mejores virtudes

o lograr ser portador de la peores calamidades.

Nunca un necio al beberlo dejará de serlo

como el noble siempre conserva su nobleza.

Igual de embrutecida tiene el necio la cabeza

cuando está borracho como cuando está sereno.

Poemas tomados del libro: Nûwás, Abu (2010) Cantar al vino. Edición bilingüe de Jaume Ferrer Carmona y Anna Gil Bardají. Madrid: Cátedra

Notas:

*Tal vez Ahmad Ibn Yazid al-Muhali, amigo del poeta.

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