SANGRE Y VINO

"Me gustan los toros" por Pablo Dallorso

Atasco monumental alrededor de “La Glorieta” (la plaza de toros de Salamanca), despliegue policial, trajes, puros, lentejuelas, botas de vino y bocadillos… Nos reunimos los salmantinos emocionados, y los no tan salmantinos, pero también emocionados, la tarde del 13 de septiembre para el muy alabado, y también muy denostado, ritual de ver morir al toro con dignidad.
El público se sienta en las gradas, en el palco, en los balcones, en una cuidadosa distribución que nos recuerda que no pertenecemos a la misma clase, que el universo social está ineludiblemente estratificado también acá. Pero, eso sí, a todos nos recorre un ligero temblor, cercano al miedo y a la expectación; cercano a la sangre, al vino y la sospecha de la finitud de la existencia.
El reloj de la plaza marca las seis en punto de la tarde, el presidente hace acto de presencia y la fiesta comienza.
Cada torero y su cuadrilla se muestran en el centro del ruedo. También en el ruedo hay clases, nadie es igual a nadie: galas para toda la cuadrilla; oro, sólo para los matadores; para el toro, habrá la señal de su terruño y la marca de su origen.
El público aplaude, pero también presiente ese temblor que recorre a los que pisan la arena. Sabemos que sólo los valientes mirarán al toro a los ojos y leerán en ellos que la huída es una opción imposible; pero también los valientes saben que se enfrentarán a la ovación o la degradación de un público más inconmovible, muchas veces, que el toro.
La arena, cuidadosamente barrida, está cargada de posibilidades simbólicas. Es circular como el cielo, está más allá del tiempo y del espacio. El torero es el héroe en el camino de las prueba y el toro, la materia ctónica.
A los que nos sentamos en la plaza un sentimiento atávico nos embarga. Por obra y gracia de la repetición de un ritual ya antiguo, retornaremos a un tiempo sacro y seremos testigos de la lucha entre la materia celeste y la terrena. El torero es nuestro particular héroe y Baco, nuestro único dios presente.
La razón no nos asiste, somos uno con nuestros ancestros en el origen, queremos ver al héroe demostrar la fuerza y la astucia del hombre, sólo uno excepcional puede desprofanar nuestro tiempo.
Cuando la fiesta acabe y el jugo fermentado de la vid no nos socorra, retornaremos a la ordinaria cotidianidad de donde venimos.

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