LA UVA, EL REGALO DEL VERANO

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El encuentro con la viña es siempre un regocijo. Cada primavera, cuando el tiempo se dulcifica y la frialdad del invierno recula, la viña despierta. El hombre corta sus yemas y brota la savia. Entre los viticultores se dice que las viñas lloran, es la señal de que la cepa está presta a iniciar un ciclo que exige mucho mimo, cuidado y atención, no sólo de los hombres, sino también de los dioses para que el tiempo sea el preciso, la lluvia justa, el sol generoso y las heladas exiguas.

Cada estación, el viñedo es único. Aún sabiendo cómo sigue la naturaleza de la cepa su curso, es siempre una sorpresa ver aquel viñedo lleno de huesos oscuros en invierno, brotado en primavera y repleto de uvas y de color en verano.
El hombre ayuda a la cepa: ara la tierra, descubre sus pies, la libera de carga con una segunda poda en la que elimina el exceso de racimos. Pero el hombre sabe que cada viña guarda el secreto del futuro y la fuerza de sus uvas; por eso la observa desde lejos y su visión es fuente de celebración o de tristeza.

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