OMAR KHAYYAM: EL POETA DEL VINO

Son muchos los poetas que han escogido al vino como objeto de loas, muchos de ellos con espantosos resultados -me incluyo-, y es comprensible que las más de las veces sean espantosos, porque alrededor de la metáfora vinícola resulta fácil caer en tópicos y lugares comunes, que pueden hacer un poema francamente insoportable. Sin embargo, se sigue insistiendo en escribir sobre el vino y la fascinación que ha provocado a los hombres durante siglos y siglos.
De entre todos los poetas, de algunos de mis favoritos seguramente hablaré algún otro día en este blog (si no surge una nueva forma de ciber-virtual-ubicua-comunicación), hay que comenzar por mencionar al poeta ícono del vino: Omar Khayyam(Persia aprox. 1040 a 1050-1121 o 1122).
Khayyam es autor de una poesía que, huyendo de la fe, se hace mística. El poeta es escéptico ante la idea de la eternidad y, en detrimento de ésta, le canta a su opuesto: la fugacidad.
En esa imagen de la vida como un instante, el vino está constantemente presente. Poner en la boca un sorbo de vino, vivir la experiencia sensorial intensa de su color, su olor y su sabor con la conciencia de que es un momento irrepetible, equivale a un homenaje mínimo a la existencia que huye de nosotros. Por ello, el poeta dice:

“Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy.

Toma un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna

y bebe pensando en que mañana

quizá la luna te busque inútilmente.”

El vino es, en la palabra del poeta, el microcosmos que contiene la verdad absoluta del discurrir de la vida. Más allá de las verdades religiosas, la sabiduría está en el vino que no guarda más que la promesa del placer y la decadencia:

“De cuando en cuando los hombres leen el Corán, el libro por excelencia,

¿Pero quién es el que a diario se deleita con su lectura?

En el borde de todos los cálices colmados de vino,

triunfa cincelada una secreta verdad que debemos saborear.”

“Nuestro tesoro es el vino y nuestro palacio la taberna.

La sed y la embriaguez son nuestras fieles compañeras.

Ignoramos el miedo porque sabemos que nuestras almas, nuestros corazones, nuestros cálices

y nuestras vestes manchadas, nada tienen que temer del polvo, del agua ni del fuego.”

“Toda mi juventud retoña hoy.¡Sírveme vino!

No importa cuál…¡No soy exigente!

En verdad, al mejor lo encontraré

tan amargo como la vida.”

“Sabes que no tienes poder sobre tu destino.

¿Por qué esa incertidumbre del mañana ha de causarte miedo?

Si eres sabio, goza del momento presente.

¿El porvenir? ¿Qué te puede traer el porvenir?”

El sorbo de vino es presente constante, no hay más futuro en él que la persistencia en el goce y la mirada lúcida hacia nuestra propia finitud.

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